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urani picaba la cebolla para el guiso, pelaba las papas y ponía el fogón en alto para fritar los chicharrones. Estaba preparando los fríjoles para el almuerzo de su marido. Lo hacía en una cocina pequeña, cuyas paredes brillantes de grasa contrastaban con el piso opaco de mugre y desperdicios.
De repente sintió cómo una mano se posaba en su pecho. Apretaba uno de sus senos y un bulto rígido, ya conocido por ella, se frotaba entre sus nalgas.
— ¡Ay Jeisson David, no! —Dijo Yurani con la respiración entrecortada por la rápida excitación —mire que estoy preparando los fríjoles para el almuerzo… ¡Ah…! Mire que mi marido va a llegar.
—Pero Yura… mamita… ¡uy mire que rico! No sea así conmigo que yo la trato bien.

En dos segundos la camiseta y el sostén estaban tirados en el lavaplatos, y el diminuto cachetero estaba a punto de romperse por la frotación. El Demonio de Tasmania estampado en la camiseta observaba impávido las manos de Jeisson estampadas en las tetas de Yurani.
—Espere tapo la olla… ¡Ay papito…! ¡No, por ahí no! ¡Espere que eso está muy grande! ¡Ay no me dé tan duro…! ¡Ahhh…!
—Uy mamita mire eso… ¡usted está es muy rica! ¡Ah… mire eso qué apretadito! Venga, siéntese en el mesón y le hago más rico… ¡Pero quítese esas chanclas!
La temperatura subía a raudales y la presión se hacía insoportable. Había un movimiento acompasado, un rítmico bamboleo que preocuparía a cualquiera pero no a ellos. Estaba a punto de llegar. Desde abajo le llegaban sin tregua oleadas de calor y había sólo una forma de escapar a semejante presión. Era insoportable. Era para reventar y liberar toda esa calentura aprisionada en un espacio tan pequeño. Tenía que estallar…
—¡Ay papi toy sofocada…! ¡Esta calor me va a matar! —Y estalló.
En las paredes de la cocina se confundían los sesos, la piel y la carne de los amantes con el reguero de fríjoles hirviendo. Todo producto de una olla a presión mal tapada.

Dédalo…
Bogotá, 2008.
